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- Octubre 2008 (3)
Vínculos
Sentada en el borde de la cama veía las gotas de lluvia resbalar al otro lado de la ventana. Silenciosas. Aquellas nubes habían amenazado tormenta a lo largo de la tarde y al fin había llegado.
Apuró el último trago de su vaso. El abismo que la separaba de la realidad crecía a cada instante. Se cernía sobre ella sumergiéndola en un mar de oscuridad.
Se sentía débil, al límite de la extenuación. Su alma frágil se refugiaba en los recuerdos de antaño, eran su única salida, su única ventana para escapar de aquella de aquella realidad en la que se le habían cerrado ya todas las puertas. Recuerdos pasados pero a la vez presentes que le rondaban a cada instante. Recuerdos pasados pero a la vez futuros que la acompañarían por siempre, fuese a donde fuese. Recuerdos en su alma y en su corazón, en su armario y en su maleta, en su memoria y en sus fotos. Tan sólo con cerrar los ojos los podía ver, pasaban claramente ante ella como si de fotogramas se tratara.
Tantas veces se había preguntado cómo, cómo se había precipitado a esa oscuridad que la atormentaba, cómo la había consumido el dolor y el sufrimiento, cómo se hallaba sumergida en aquel mar de aguas turbias con un último suspiro de aire en sus pulmones.
Cuando el corazón sufre, el alma se resiente. Aquel sufrimiento ya había sobrepasado el umbral del dolor. Había sido tan intenso y prolongado que ya formaba parte de su esencia.
Todo aquello que había sufrido en el más absoluto de los silencios parecía abordarla ahora de nuevo, allí sentada en el borde de su cama.
Había creído cada una de aquellas falsas verdades que cada mañana le susurraba al oído.
Había creído cada una de aqullas suaves caricias con las que la envolvía a cada instante.
Había creído cada una de aquellas inocentes miradas con las que la seducía.
Había creído cada uno de aquellos apasionados besos con los que cada noche la embriagaba.
De nuevo crecía aquel abismo de oscuridad.
Quería huir, dejarlo todo atrás pero sabía que sólo existía una manera. El miedo arraigado a su espíritu fuera el responsable de que intentara huir de aquel remolino de mentiras, engaños y falsedades. Pero tan sólo le sirvió para que la cuerda que rodeaba su cuello se ciñera un poco más.
Su corazón, roto en mil pedazos, nunca se curaría. Aquella herida en lo más profundo de su ser nunca cicatrizaría. Las manos que le hablaron de caricias, que le dibujaron palabras de amor en su piel, habían caído sobre ella cual hierro candente marcado con odio y rencor. Su espíritu dolido se había quedado sin alas. Su caída precipitada a los infiernos se convirtió en una tortura de la que nunca lograría ascender. Día tras día aquellas manos la hundían un poco más.
Se levantó de la cama. La lluvia había cesado. En el horizonte se vislumbraba un triste atardecer, presagio de una noche larga.
24/10/2008 @ 20:23:07
por mis gustos
Muy bonito, me falta leer el ...
22/10/2008 @ 19:16:41
por jorge